LATITUD: Eiko Ishioka, la imaginación incombustible

Eiko Ishioka, la imaginación incombustible

Eiko Ishioka nunca estuvo interesada en los diseños que sólo definen y explican los personajes. Aspiraba a algo más difícil: “avivar la imaginación del público, estimular sus ojos y conmover su espíritu”. No podemos, por lo menos, más que estarle agradecidos por ello.

Uno de sus rasgos más destacados era la libertad de expresión absoluta en todas las disciplinas que abordó. Campañas publicitarias, portadas de discos, videoclips, diseño de vestuario para teatro, ópera, juegos olímpicos y cine, son sólo algunos de los campos en los que, con su estética inclasificable y su valentía insobornable para no arredrarse cuando se trataba de experimentar visualmente en arenas movedizas, se ganó el respeto de sus colegas. Hija de un diseñador gráfico y de una ama de casa inquieta y amante de la literatura, reconocía con agradecimiento la manera en la que sus padres, cuya confianza en su talento era ilimitada, educaron su espíritu creativo y le permitieron —tal y como declaró en incontables ocasiones— “acceder a los tesoros más valiosos de la vida”.

Su inspiración procedía de amigos de raro talento como el diseñador japonés Issey Miyake, el fotógrafo Irving Penn —la portada de Tutu de Miles Davis es testigo privilegiado de esa afinidad— o la no menos impredecible y controvertida cineasta Leni Riefenstahl; pero, también de la gente normal y corriente con la que se cruzaba cada día. Para ella, el mundo entero era su estudio: la fuente secreta e inagotable de donde extraía la savia con la cual nutrir su trabajo.

Cuando le encargaban el vestuario de una película, lo primero que hacía era estudiar el guión a conciencia y luego iniciaba un amplio diálogo con el director y el resto del equipo. Más tarde, y ya a solas con la hoja de papel en blanco, dejaba que su mente divagase sin restricciones de ninguna clase. 

No le asustaba que sus primeros bocetos fueran rechazados: confiaba en que el método de ensayo-error que solía emplear, la conduciría de forma intuitiva hasta el acierto final.

Aunque sus sorprendentes creaciones parecían nacer de un espíritu caótico desvinculado de la tradición, en realidad emergían de una mezcla muy sopesada de instinto y voluntad. Un obstinado viaje de búsqueda y tanteo, donde la disciplina y el rigor constituían la médula espinal del proceso. Desde que empezó a diseñar estuvo persuadida de que “un creador que no desarrolle la autodisciplina, no realizará una obra interesante e innovadora que perviva durante mucho tiempo”. Su imaginación incandescente, que supo moldear con la determinación y la fortaleza de un samurái, le permitió crear obras capaces de enfrentarse a la caducidad que aqueja a las creaciones sin alma.

Su trabajo más conocido provino de una estrecha colaboración con Francis Ford Coppola, quien tuvo la osadía de pedirle que se encargara del vestuario de su nueva versión de Drácula, aún a sabiendas de que ella no había trabajado antes como diseñadora de vestuario para cine. Esta decisión la llevó a ganar un Oscar de la mano de uno de los grandes del cine del siglo XX. 

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